(Mi) Decálogo de Roma #RomaInfinita #conmigasocial

Al igual que hice en su día con Bruselas, me gustaría compartir aquí mi visión personal de Roma (Italia), la ciudad (más bella del mundo) en la que vivo hace ahora aproximadamente un año.

Ese 16 de junio de 2020 cuando el mundo aún estaba casi totalmente parado yo me movía: mi vuelo, que después de 5 anulaciones por fin se había confirmado, fue uno de los primeros que salieron de una T4 (aeropuerto madrileño) vacío y fantasmagórico en la madrugada de aquel martes. Para llegar a Roma tuve que subir a Frankfurt donde las azafatas de tierra teutonas más sonrientes del mundo me dieron la bienvenida, pues hacía 3 meses que no veían a ningún viajero. Allí tuve que esperar varias horas hasta embarcar hacia Roma. En definitiva, un viaje que se suele hacer en 2 horas y media aproximadamente, a mí me costó más de 12 horas.

Y pese a que en la T4 con la paranoia del miedo al Covid a algún lumbreras le dio por eliminar los carritos y las máquinas de embalaje, logré gracias a la ayuda de Raúl, taxista ya considerado de la familia, facturar todo, embarcar, mudarme, cambiar de trabajo y dar un vuelco a mi vida con mis dos maletas, una mochila y mi bicicleta empaquetada en una caja unas horas antes de volar. Una odisea extraordinaria para lograr llegar a la “Ciudad Eterna” con esta bici que me acompaña y que compré en 2019 en Bruselas: un ejemplar especial para viajeras pues es ligera y “pieghevole” (primera palabra italiana aprendida y no referente a comida y que significa plegable).

Evidentemente, como pasó con Bruselas, un año es un tiempo evidentemente limitado para poder hacer un retrato objetivo. No lo pretendo. Es más, en realidad ¿cuánto tiempo es necesario o suficiente para poder conocer y extraer con cierta objetividad la esencia de cada lugar que visitamos o en los que vivimos? No creo que nadie tenga una respuesta objetiva para esto. De hecho, no creo que la haya. Por eso y porque especialmente con Roma es difícil sintetizar porque Roma es verdaderamente INFINITA, mis impresiones son, exactamente eso, mis más personales y sencillas impresiones. Sin más. Sin menos. Y por eso puedo escribir de todo lo vivido y mis percepciones hasta este  momento, con la especialísima situación y los “lockdowns” (confinamientos) y “coprifuochi” (toques de queda) que los políticos han ido decretando debido al Covid incluidos, especialísima vivencia a la que no solo dedicaría un post, sino un libro pues Roma ha vivido, como tantos otros lugares y ciudades del mundo, su crisis más importante desde los años posteriores a la II Guerra Mundial. Y aquí he estado yo.

Quiero seguir el mismo modelo que hice en su día con Bruselas y así, a modo de Decálogo, dejar aquí plasmadas las diez cosas que me apasionan de esta impresionante ciudad y las diez que, por desgracia, no me gustan tanto.

LAS DIEZ COSAS QUE MÁS ME GUSTAN DE ROMA

1. -ROMA: con esta aparente redundancia quiero decir que de Roma me gusta precisamente que es Roma. Esa Roma que todos tenemos en la cabeza. La de las guías de viaje. La primera que conocí cuando pude visitarla (por fin) como turista en 2009. La que describe de manera tan simpática y completa Javier Reverte en su libro “Un otoño romano”. La Roma del Panteón, el Coliseo y el Circo Máximo, de las impresionantes e innumerables iglesias, de San Pedro del Vaticano, Santa María la Mayor y San Giovanni in Laterano (San Juan de Letrán); la Roma del Trastévere, Monti y Campo di Marzio; Roma de Piazza Navona, Piazza Spagna y Piazza dil Popolo; la Roma del Tévere, el Giannicolo y Villa Borghese, Villa Pamphili y Appia Antica; la Roma del arte, las ruinas, la arquitectura, la historia y la belleza constante; la Roma de Miguel Ángel y Bernini; la Roma de la carbonara, la pizza, las “fiore di zucca” y del pecorino (quesos y vinos)….Roma. En definitiva, no sé cuáles serían las 10 primeras palabras o conceptos que os saldrían a vosotros al pensar en Roma, pero yo he hecho el ejercicio y me han salido estas: arte, belleza, historia, ruinas, puentes y río, centro y origen, religión-fe-iglesia católica, turistas  y vida disfrutada al puro estilo, clima y cultura del Mediterráneo.

El Panteón es sin duda mi monumento preferido de Roma. No hay una sola vez que lo vea y no se me encoja el corazón. Foto @migasocial
El Panteón es sin duda mi monumento preferido de Roma. No hay una sola vez que lo vea y no se me encoja el corazón. Foto @migasocial
Foto del Vaticano, el Tíber y el Puente Sant'Angelo tomada desde el puente Umberto I. FOTO @migasocial
Foto del Vaticano, el Tíber y el Puente Sant’Angelo tomada desde el puente Umberto I. FOTO @migasocial
Vista del Coliseo FOTO @migasocial
Vista del Coliseo FOTO @migasocial

2. -LA BELLEZA: todos los amigos y amigas periodistas que ya han dejado Roma me han dicho lo mismo: “echo de menos esa belleza”. Y es que es así. Viviendo aquí vives dentro de la belleza. No es una belleza normal. Yo reconozco que me lo tuve que tomar con calma, porque ¿cómo decirlo?  es muy diferente venir de turista que vivir aquí. En cierto modo incluso al principio me saturó un poco. Y me generaba esa ansiedad de ver todo o querer ver todo o querer conocer todo… Evidentemente es imposible. Casi en ese mismo momento que percibí la “saturación de belleza” cambié mi actitud por un dejarme fluir tranquilamente. Sabiendo que te vienes a vivir la ansiedad se puede controlar y decidí vivir cada día disfrutando y poco a poco ir viendo todo lo que pudiera, pero sin agobios. Y ahí comenzó el verdadero “enamoramiento” con esta ciudad: sus sonidos, sus colores, el atardecer, sus fachadas rojizas, sus piedras, el arte, el río y sus lungoteveres (Paseos del Río) repletos de árboles. Ese río, ese Tévere (Tíber), tercer río más largo de Italia y que configura la ciudad con su serpenteo inacabable que hace que te orientes y a la vez te pierdas, pues a veces el río estará a tu derecha o izquierda, pero otras veces estará delante o detrás… Esa naturaleza y vegetación exacerbada y salvaje, sin demasiado o ningún cuidado, flores, hiedras, terrazas llenas de plantas. Y es que aquí crece todo, el clima y la humedad lo consiguen. Y ese cielo lleno de nubes, luces, atardeceres rosáceos. Toda esa creación de Dios aquí llega al culmen como para hacer aumentar la sensación de belleza de la creación humana: cada edificio, cada resto arqueológico, cada obra de arte que aquí nos rodean.  Cierto es que en invierno la belleza cambia, el clima, el cielo, y también el río…pero la belleza persiste. Y cuando sale el sol, el más mínimo rayo ilumina algún relieve en cualquier edificio (palazzo) y el corazón te palpita. Os puedo asegurar que nunca he tenido el móvil más repleto de fotos de una ciudad. Llamo a mis carpetas “2020-Roma General/2021-Roma General” y así puedo ir organizando el enorme número de fotos que saco a calles, iglesias, fuentes, detalles…Como si al ir ordenándolas en mi móvil sintiera que poco a poco voy abarcando esta ciudad infinita. Y si algún día me dejo de fascinar, si algún día percibo que ha pasado el día y no he disfrutado de esta belleza de Roma, ese día probablemente decidiré irme de aquí porque significará que, o bien me he quedado ciega o bien mi corazón se habrá convertido en piedra.

3. -EL MAR A UN PASO. Vivir en una casa del siglo XVI con “sopalco” y abuhardillada hace sentirte muy cerca del cielo. Y más aún cuando puedes escuchar ese que en mi memoria siempre es un sonido veraniego y de vacaciones: el sonido de las gaviotas. No olvidaré esa primera sensación al despertar relajada en una cama y casa en la que parecía haber vivido siempre. Y recordar en ese momento, justo al escucharlas, que el mar está cerquísima.  Y entonces pensar ¿1ué más se puede pedir si tienes Roma y el mar a un paso? Y menudo mar maravilloso con “tramontos” (puestas de sol) impresionantes. Y es que las playas romanas  y de la región del Lazio están orientadas al oeste, así que esos momentos en el mar son exactamente como las imaginamos, cómo los dibujábamos de pequeños, como el icono de WhatsApp: el sol aquí si se baña en el agua al despedir el día. 🌅 Vale, lo admito. Mi relación con las gaviotas ha ido cambiando, pues son  más bien de río que de mar y aunque estéticamente me siguen pareciendo hermosas en su fiereza y gran tamaño, sus comportamientos poco higiénicos han hecho que tengan peor fama ahora que antes de venir aquí a vivir. Y también algunas cosas que he visto de las  playas romanas. Pero nada de esto resta a la suerte de que en cualquier momento puedas coger un tren y en menos de 60 minutos estar mirando al mar.

Una hilera de cometas y el mar, en la playa de Anzio. FOTO @migasocial
Una hilera de cometas y el mar, en la playa de Anzio. FOTO @migasocial

4. -EL ITALIANO. Dicen por aquí “Lengua Toscana en boca Romana”, lo que quiere significar algo así como que, aunque la lengua italiana más pura se considera históricamente la que se habla en Florencia, son los romanos o eso dicen por aquí, quienes mejor pronuncia el italiano. Para mí, que cuando he llegado a Roma hablaba “cero” italiano, es difícil de saber. Pero si veo que aquí la pronunciación de las “doppias” dobles consonantes, es muy marcada y algunos otros italianos de otras regiones, me dicen que el italiano de los romanos es un poco “exagerado”. Sin embargo, a mí me encanta y aunque no tenía ninguna idea de la lengua italiana y ni siquiera la consideraba a priori una lengua que yo quisiera estudiar, desde que vivo aquí me parece una lengua apasionante, bellísima, divertida y muy rica. Y por supuesto, desde el primer momento quise aprenderla para no hablar con esos típicos fallos “españoles” (fallos esenciales como la confusión entre los verbos SER, HABER Y ESTAR y que suceden cuando las lenguas son muy parecidas y con muy poco esfuerzo te haces entender). Pero la cuestión es esa que yo la entendía perfectamente incluso en contextos muy cultos u oficiales (no me digáis por qué, pero entendía casi todo), pero otra cosa es hablarla. He preparado una lista de “falsos amigos” o palabras que diciéndose igual significan otra cosa: pronto, salir, caldo, largo, bruto (brutto)… Y bueno, otra curiosidad. ¡Aquí se saluda diciendo Salve! Si, si…eso es lo que te dirán al entrar en un hotel, tienda o si te saludan por primera vez en Roma en un entorno digamos más oficial o serio. El “Ciao!” como modo de decir hola y adiós y no sólo adiós, (como lo usamos en España) se queda para entornos más cercanos o familiares. Por último, quiero aquí quiero rendir homenaje a mi primera maestra, Sor Fiorella Valleti, una hermana salesiana casi octogenaria a la que le hice la vida imposible por mi impaciencia casi impertinente, pero que gracias a su bondad pude aprender italiano desde cero y llegar a un digno nivel de 5º de primaria. Y dar gracias después a Gian Matteo Sabatino, maestro “bravísimo” de la Escuela de Idiomas de Sant’Egidio de la Comunidad de San Egidio  al que le debo el haberme animado a hacer el examen de B1 de italiano y exigirme un poco más. Y a Sor Emilia Di Massimo, otra hermana salesiana que ahora me ayuda en el Dicasterio donde trabajo a perfeccionar mi italiano y me enseña con calma y cariño. Sea como sea no os agobiéis si el italiano no es lo vuestro, con un poco de tiempo, escuchando y mirando no tendréis problemas para comunicaros: si las palabras faltan, utilizad las manos y los gestos. Y si no sabéis algo o no tenéis muy claro el tema decid simplemente “Boh!” mientras subís ligeramente los hombros y ¡todo arreglado!

FOTO @migasocial
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5.-ESPAÑOLES E ITALIANOS, PRIMOS HERMANOSprobablemente fue lo primero que sentí al llegar: estoy en casa. Eso es así porque el carácter es muy parecido al nuestro. Diría más, es mejor que el nuestro. Es como vivir en la España de los años ochenta. Gente que te saluda cuando te ha visto más de una vez, que enseguida te pregunta el nombre y te da los buenos días y las buenas tardes, incluso sin conocerte. El amor por la calle, por las terrazas, por el sol, por el disfrute de la conversación con los amigos al atardecer tomando lo que ellos llaman “aperitivo” (que para ellos es a partir de las 18.30 y no antes de comer). El modo de criticar a los políticos, de reír irónicamente de todo y mirar con una mezcla de aceptación del devenir de la historia, sentido de humor y fuerza para cambiar y recrear todo una y mil veces, al estilo más mediterráneo posible. Esa pasión por la comida (aún más que los españoles, un italiano puede pasarse largos minutos de casi cualquier conversación hablando de la comida y de cómo se prepara alguno de sus platos). El flirteo con una mirada, la aventura y el amor que se sienten en el aire, el modo de discutir… Ellos nos aman y al oirnos hablar español ya se abre la posibilidad a una conversación en la que te van a contar con gran sonrisa sus últimos viajes a España o Latinoamérica. Nosotros también les queremos a ellos: reconozcamos que Italia es el único país que no es España en el que casi todos nosotros, españoles viviríamos (como a mí me ha pasado aunque no lo pensé mucho en ese sentido ya que llegó de sorpresa); y su selección de fútbol es a la que animaremos si la selección española fuera eliminada en algún torneo.
Vale, con grandes matices, de acuerdo. Somos mucho más apasionados y efervescentes y más ordenados, formales y “modernos” los españoles (aunque también mucho más agresivos, maleducados y vulgares tantas veces). Pero en esencia esto es como ese dicho que se dice de los leoneses y los asturianos: los españoles y los italianos somos primos hermanos.

6.-AGUA FRESCA: imagino que este punto no tanta gente lo pondría en un decálogo, pero para mí, que bebo tantísima agua al día, es esencial. Esta ciudad está repleta de fuentes de agua fresca potable. La fuente o fuentes se  llaman nasone/nasoni porque su forma es la de una nariz (naso). Y tienen siempre un agujerito en la parte superior del caño que hace que cuando tapas el orificio principal el agua salga hacia ti por el orificio superior y puedas beber más cómodamente (si es que no llevas botellita para rellenar). El agua de Roma es muy caliza, aunque nadie lo diría pues tiene un excelente sabor y una frescura propia de los acueductos y sistemas de la época de los romanos que aún son los que usan en su mayoría. Y si bien no son muy “Laudato si’” en el sentido de la sostenibilidad, pues están constantemente vertiendo agua y no tienen grifo para cerrar el flujo del agua, son un elemento esencial de la ciudad y a los turistas (y no turistas) nos refrescan y alivian la sed. Yo, lógicamente, ya he llegado a tener muchas localizadas, pero lo normal es que te sorprendan en alguna plaza, esquina, callejuela o vícolo en el momento más inesperado y a veces, en el momento más deseado, sobre todo en verano.

7.-BELLEZA EN LAS FORMAS: EL REGRESO A OTRO SIGLO: La belleza de Roma y en este caso de casi toda Italia, no está tan sólo en el exterior, en el arte, la arquitectura, la moda… la belleza está también en su idioma, creado hace bien poco basándose para establecer sus normas sobre todo en la belleza y en la musicalidad. Y tamibén en sus “formas”. Aquí la educación y las formas son esenciales. Nosotros españoles les parecemos un poco brutos, bestias, directos… Ellos siempre usan el “por favor” (prego), el disculpe (scusi), el gracias, es decir, esas normas de educación de toda la vida que en algún momento en España hemos (casi) perdido. Pero además de eso, usan muchos más giros. Por ejemplo: en un email formal tardarás en leer varias lineas antes de llegar al meollo de la cuestión. La lengua italiana tiene giros, vericuetos y recovecos que hace que no siempre estés seguro de lo que estás leyendo y más en ese tipo de mensajes, cartas formales y estilos un tanto palaciegos. Algo tendrá de bueno cuando tantos diplomáticos y negociadores salieron y salen de este país. Las formas cuentan. En Italia eso se aprende casi nada más llegar y a mí  me gusta, me ayuda y lo siento como algo positivo en lo que me gusta participar y de lo que quiero aprender más y más. Eso sí, sin perder honestidad, que ese límite sí que hay que tenerlo claro a la hora de usar unas formas más o menos engoladas: que lo que se diga sea cierto y veraz y no hipócrita o simplemente mentira. Y bueno, aquí no siempre se tiene tan claro.

8.-HABLEMOS: otra cosa que tenemos en común pero en la que los italianos creo que nos ganan es ese “amor por la conversación” o aún más, “amor por el debate y la dialéctica”. No gritan ni se enfadan tanto como nosotros. No tratan de imponer sus opiniones por la fuerza, o al menos eso veo yo. Se respetan muchísimo los turnos y en general, se escuchan atentamente para entender el argumento del otro. No obstante, de Italia y de Roma en concreto han salido los más grandes oradores, filósofos y políticos de la antigüedad. Aunque su nivel de política y políticos últimamente deja mucho que desear, aquí la política también se vive diferente y los acuerdos y alianzas entre partidos de lo más diversos, no son extrañas. La política se vive en la calle, en el barrio, en el café y por supuesto en los medios de comunicación. En cuanto a la filosofía, no me deja de admirar el nivel que he encontrado aquí de conocimiento de filosofía y recuperación de las “clásicas” es enormemente más elevado que el de España: casi cualquier jovenzuelo te es capaz de nombrar e incluso recitar algunos textos de los filósofos que estudian para el famoso “examen de madurez” (esame di maturità) que tienen que cumplir una vez terminan el liceo (educación secundaria). Y en cuanto a la oratoria, no puedo evitar mencionar que aquí en Roma tengo la suerte de escuchar a algunos de los mejores oradores que está dando la Iglesia, sacerdotes que además de escribir muchas veces libros, tienen una capacidad increíble de comunicar y ofrecen homilías que luego yo veo y escucho de nuevo en YouTube, y os aseguro que esto yo no lo había hecho nunca así me ha pasado con el Padre Maurizio Botta y su alumno Padre Nicola Comisso (oratorianos de San Felipe Neri-Chiesa Nuova-Parroquia Santa María in Vallicella, que es curiosamente mi parroquia aquí en Roma), el Padre Ottavio De Bertolis SJ, vicerrector de la Chiesa del Gesù, iglesia madre de los Jesuitas para todo el mundo, donde está enterrado San Ignacio de Loyola y que está aquí en Roma, también cerquita de mi casa y ,  Don Fabio Rossini (sacerdote romano desde 1991 y Director del Servicio para las Vocaciones de la Diócesis de Roma) Don Giulio Maspero (Opus Dei) o Don Luigi María Epicoco, recientemente nombrado asesor eclesiástico del vaticano Dicasterio para la Comunicación y que me tiene simplemente fascinada y me ayuda muchísimo ya que a través de sus palabras encuentro respuestas nuevas, profundas y que nacen, sin duda de esta mezcla increíble de teología y oratoria.

9.-COMIDA ROMANA: decir Italia es sinónimo de pasta y pizza, eso lo sabemos. Pero decir Roma es decir pasta alla carbonara (mi favorita en E’ Passata la Moretta) y otras pastas excelentes (mis favoritas en Miraggio, y mi pasión allí  los strozzapretti alla carcerara), pizza fina y pizza bianca riquísimas (excelentes las del Forno Monteforte) y las no tan finas (Casa Manco, las más originales y variadas), calamares (a la romana) y alcachofas (a la romana), fritos excelentes (toda una sorpresa pues no imaginaba que en Italia comieran tantos y tan bien fritos) como las “fiori di zucca” (flor de calabaza con mozarella y anchoa dentro rebozados y fritos y mis favoritos también en Miraggio) o los famosos “suplís” (croquetas de arroz con mozzarella y tomate o cacio e pepe  es decir con queso y pimienta). Algunas de estas delicias se suelen disfrutar con el famoso “aperitivo italiano” que aunque en Roma ya está instaurado, creo que fue importado de Milán, y que se toma desde  las 18 h y hasta aproximadamente las 20.30 h o 21 h, que ya se cena. El mejor “aperitivo”, una experiencia pantagruélica que no debes dejar de probar, es el del bar De’ Penitenzieri. Como veis yo os dejo mis sitios favoritos, pero descubrid vosotros vuestros favoritos y compartid si queréis con el resto de lectores en este blog.

 

10.-VIVIR RODEADA DE SANTOS: al margen de que lo que me ha traído a esta ciudad  es mi trabajo en el Vaticano, al servicio del Papa y que tengo el honor de asistir a menudo a la eucaristía a la Basílica de San Pedro donde reposan los restos del apóstol a quién Jesús puso al frente de la Iglesia dándole las llaves del reino y que esto ya de por sí es muy impresionante, aquí en Roma se vive la fuerza de muchísimos lugares donde reposan restos de los santos a los que luego dedicamos las iglesias en tantos lugares de España y del mundo. Es decir, en mi ciudad natal, Astorga (León) hay una Iglesia de San Bartolomé, lógicamente dedicada a ese santo. Pues aquí en Roma la Basílica de San Bartolomé (Isola Tiberina) tiene en efecto en su altar los restos de San Bartolomé, uno de los más honestos y “sin filtros”  apóstoles de Jesús.  Lo mismo sucede con San Pablo, padre de la Iglesia y cuyos restos reposan en su Basílica de San Pablo extra muros; San Felipe y Santiago Menor, enterrados en la Basílica de los Santos Apóstoles, muy cerca de Piazza Venezia; San Lorenzo  cuyos restos reposan en la Basílica de San Lorenzo extramuros, o santas como Santa Inés, cuyo martirio tuvo lugar en Santa Inés en Agonía (Piazza Navona) y sus restos reposan en la Basílica de Santa Inés Extramuros , Santa Cecilia, cuyos restos reposan en una preciosa tumba con imagen en el Monasterio benedictino de Santa Cecilia; Santa Mónica, a la que se puede visitar en la Basílica de San Agustín, su hijo y que también es la iglesia madre de los agustinos y está aquí en Roma muy cerquita de Piazza Navona . Pasa igual con algunos santos españoles como San Ignacio de Loyola, que como he comentado más arriba se encuentra enterrado en la Chiesa del Gesú o más actuales como San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Beato Don Álvaro del Portillo en el barrio de Parioli, concretamente en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz y por supuesto San Pablo VI, San Juan XXIII y San Juan Pablo II a quienes ya no encontraréis en la cripta de la Basílica de San Pedro, sino en capillas laterales. Y todo esto sin nombrar y visitar aún las catacumbas. Y es que, como siempre digo yo, esta ciudad es infinita #romainfinita.

Por último, me pasa algo parecido, aunque diverso con los ángeles. ¿te has fijado alguna vez cuántos ángeles hay en el retablo de la iglesia de tu barrio o parroquia? ¿has contado los ángeles que hay en cada iglesia? Te sorprenderá reconocer a numerosos ángeles entre: arcángeles, ángeles y querubines de todo tipo. Aquí en Roma siento que esto es mucho más. La presencia de San Miguel Arcángel a quien, por cierto, nunca había rezado tanto como desde que he llegado aquí y que es jefe de los ejércitos celestiales, aquí en Roma nos protege a todos desde lo  alto del Castillo de Sant’Angelo. Y debajo de él sus 12 ángeles apostados a lo largo del Puente del Sant’Angelo. Todos ellos me hacen sentir que cuando se acerque el final de los tiempos quizá dejarán su estado pétreo o de bronce para luchar por nosotros y protegernos a todos los seres humanos como lo que somos, la obra más amada de Dios.  Pues sí, también en estas cosas me da por pensar en la ciudad eterna.

San Miguel y uno de los ángeles del Puente Sant'Angelo FOTO @migasocial
San Miguel y uno de los ángeles del Puente Sant’Angelo FOTO @migasocial

 

Mi primera intención era finalizar este post, como hice con (Mi) Decálogo de Bruselas añadiendo aquí debajo las diez cosas que no me gustan de Roma. Pero debo decir que en este año y algo que estoy aquí no logro salir de mi estado de “luna de miel” y aunque sí que tengo ya un listado de cosas que no me gustan, no he llegado a diez aún por lo que prefiero dejar esa segunda parte para más adelante. 

Indiferencia y problemas del primer mundo

Cuando pienso en lo que hemos vivido sigo pensando lo mismo que al principio, un principio que para España fue el 14 de marzo de 2020, sábado en el que comenzó el Estado de Alarma y se impuso el confinamiento. Y lo que pensaba y sigo pensando hoy es que lo que vivimos, pese a su dureza y el duelo por tantas personas fallecidas, fue para la mayoría “problemas del primer mundo”. Porque, me explico: un confinamiento con agua potable corriente, caliente y fría; un confinamiento con posibilidad de comprar comida, suministrada en abundancia en tiendas, supermercados o a domicilio, como si nada estuviera pasando y pudiéramos pedir una pizza mientras cenábamos en familia; un confinamiento con, en la mayoría de los casos, posibilidades de trabajar online y de recibir un sueldo o una ayuda a través de un ERTE; un confinamiento con una sanidad pública como la española, con la seguridad de que, en caso de enfermar tendríamos asegurado el desvelo de tantos y tantos profesionales sanitarios que, si bien no podrían quizá salvarnos, se desvivirían por cuidarnos y paliar nuestro dolor; un confinamiento con electricidad, gas, calefacción y, en tantos casos, con fibra óptica para internet y cobertura móvil; en definitiva, confinamientos así no dejan de ser “problemas del primer mundo”.

Otra cosa bien diferente ha sido el proceso del ineludible “confinamiento interior” al que a pandemia nos ha obligado. Quizá eso sea lo que más nos ha “igualado” a todas las personas, con más o menos recursos económicos. Y es que, psicológicamente cuesta aceptar lo que no deja de ser un encierro domiciliario obligatorio, pero sin haber cometido ningún delito. ¿O quizá si hemos cometido algún delito? Creo que uno que no veo en el Código Penal. El mayor delito del ser humano, el recurrente delito de la indiferencia.

Distanciamiento social-Foto Geralt/Pixabay
Distanciamiento social. Foto Geralt/Pixabay

Yo lo reconozco. Leía sobre el brote en China y me daba igual. Luego vi que el brote llegaba a Italia y también me dio igual. ¡A mí me daba igual! ¡A mí, que me enorgullezco de preocuparme de los demás, y de sentir la información internacional como la más importante siempre! ¡A mí, periodista y comunicadora de proyectos solidarios! ¡Me dio igual! Fui indiferente. Egoísta. Insensible.  Y, es que, hasta que no llegó a nuestro país, ciudad, barrio, vecindario; hasta que no vimos sufrir amigos y familiares, y empezamos a recibir noticias de quienes lloraban la muerte de familiares; hasta ese momento no nos importó.

Lo que sí me preocupó y me sigue preocupando es la mentira que se extiende, la desinformación que nos inunda, las noticias falsas en medios fiables, sobre todo durante la pandemia. Me preocupa lo que no nos cuentan, ni sabemos que ocurre. La vulneración de la libertad de prensa o la libertad de expresión, el derecho a la educación, el derecho a la intimidad y la protección de datos y otros derechos que tanto esfuerzo nos costó conseguir conquistar.  Y me preocupa también la incapacidad de hacer silencio, todos a la vez, para poder de una vez por todas reaccionar y cambiar, creando e impulsando con determinación un nuevo modo de vivir más humano y sensible con los demás y con la naturaleza. Que podamos abandonar la “atalaya” real o mental en la que nos creemos imperturbables, todopoderosos, y que podemos controlarlo todo.

Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay
Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay

Ahora necesitamos, a todos los niveles, liderazgos humildes, siguiendo el estilo de esa Úrsula von der Leyen que fue capaz de pedir perdón porque la UE había sido indiferente a Italia cuando ésta pidió ayuda. Y también necesitamos que cuando alguien nos diga que se encuentra mal o le veamos toser, nos preocupemos más por esa persona y por aliviar su malestar o sanar su enfermedad y no sólo nos preocupemos de no contagiarnos nosotros. Ahora afrontamos el reto (para muchos utópicos) de que seamos capaces de vencer el temor, impuesto o autoimpuesto, y lograr crear, en diálogo respetuoso y pacífico, en vez de esa manoseada “nueva normalidad”, una “nueva humanidad” basada en la humildad, la libertad, la solidaridad y el amor, vacunas urgentes para nuestro orgullo, miedo, indiferencia y egoísmo.  No dejemos que la pandemia mate nuestra más sublime esencia humana.