Indiferencia y problemas del primer mundo

Cuando pienso en lo que hemos vivido sigo pensando lo mismo que al principio, un principio que para España fue el 14 de marzo de 2020, sábado en el que comenzó el Estado de Alarma y se impuso el confinamiento. Y lo que pensaba y sigo pensando hoy es que lo que vivimos, pese a su dureza y el duelo por tantas personas fallecidas, fue para la mayoría “problemas del primer mundo”. Porque, me explico: un confinamiento con agua potable corriente, caliente y fría; un confinamiento con posibilidad de comprar comida, suministrada en abundancia en tiendas, supermercados o a domicilio, como si nada estuviera pasando y pudiéramos pedir una pizza mientras cenábamos en familia; un confinamiento con, en la mayoría de los casos, posibilidades de trabajar online y de recibir un sueldo o una ayuda a través de un ERTE; un confinamiento con una sanidad pública como la española, con la seguridad de que, en caso de enfermar tendríamos asegurado el desvelo de tantos y tantos profesionales sanitarios que, si bien no podrían quizá salvarnos, se desvivirían por cuidarnos y paliar nuestro dolor; un confinamiento con electricidad, gas, calefacción y, en tantos casos, con fibra óptica para internet y cobertura móvil; en definitiva, confinamientos así no dejan de ser “problemas del primer mundo”.

Otra cosa bien diferente ha sido el proceso del ineludible “confinamiento interior” al que a pandemia nos ha obligado. Quizá eso sea lo que más nos ha “igualado” a todas las personas, con más o menos recursos económicos. Y es que, psicológicamente cuesta aceptar lo que no deja de ser un encierro domiciliario obligatorio, pero sin haber cometido ningún delito. ¿O quizá si hemos cometido algún delito? Creo que uno que no veo en el Código Penal. El mayor delito del ser humano, el recurrente delito de la indiferencia.

Distanciamiento social-Foto Geralt/Pixabay
Distanciamiento social. Foto Geralt/Pixabay

Yo lo reconozco. Leía sobre el brote en China y me daba igual. Luego vi que el brote llegaba a Italia y también me dio igual. ¡A mí me daba igual! ¡A mí, que me enorgullezco de preocuparme de los demás, y de sentir la información internacional como la más importante siempre! ¡A mí, periodista y comunicadora de proyectos solidarios! ¡Me dio igual! Fui indiferente. Egoísta. Insensible.  Y, es que, hasta que no llegó a nuestro país, ciudad, barrio, vecindario; hasta que no vimos sufrir amigos y familiares, y empezamos a recibir noticias de quienes lloraban la muerte de familiares; hasta ese momento no nos importó.

Lo que sí me preocupó y me sigue preocupando es la mentira que se extiende, la desinformación que nos inunda, las noticias falsas en medios fiables, sobre todo durante la pandemia. Me preocupa lo que no nos cuentan, ni sabemos que ocurre. La vulneración de la libertad de prensa o la libertad de expresión, el derecho a la educación, el derecho a la intimidad y la protección de datos y otros derechos que tanto consiguió conquistar.  Y me preocupa también la incapacidad de hacer silencio, todos a la vez, para poder de una vez por todas reaccionar y cambiar, creando e impulsando con determinación un nuevo modo de vivir más humano y sensible con los demás y con la naturaleza. Que podamos abandonar la “atalaya” real o mental en la que nos creemos imperturbables, todopoderosos, y que podemos controlarlo todo.

Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay
Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay

Ahora necesitamos, a todos los niveles, liderazgos humildes, siguiendo el estilo de esa Úrsula von der Leyen que fue capaz de pedir perdón porque la UE había sido indiferente a Italia cuando ésta pidió ayuda. Y también necesitamos que cuando alguien nos diga que se encuentra mal o le veamos toser, nos preocupemos más por esa persona y por aliviar su malestar o sanar su enfermedad y no sólo nos preocupemos de no contagiarnos nosotros. Ahora afrontamos el reto (para muchos utópicos) de que seamos capaces de vencer el temor, impuesto o autoimpuesto, y lograr crear, en diálogo respetuoso y pacífico, en vez de esa manoseada “nueva normalidad”, una “nueva humanidad” basada en la humildad, la libertad, la solidaridad y el amor, vacunas urgentes para nuestro orgullo, miedo, indiferencia y egoísmo.  No dejemos que la pandemia mate nuestra más sublime esencia humana.