Entrevistas #conmigasocial. Domi Szkatula o el reto de la igualdad de género en la #Amazonía de Perú

Domi Szkatula  es misionera, pero no tiene el aspecto que te puedes imaginar en un primer momento cuando se habla de misioneras o misioneros. Eso ocurre porque es misionera laica: es decir, no es una monja y en su caso, aunque está muy cerca del espíritu de San Francisco, tampoco pertenece a ninguna congregación religiosa.

Llegó a Perú en 1984, con una guitarra bajo el brazo, usando unos modernos jeans, y convencida de que se quedaría toda la vida para ser útil a los más necesitados y perseguidos. Y también porque para ella era esencial formar parte de la Iglesia muy activamente como misionera, pero, sobre todo, como laica, e hizo de esa reivindicación de la labor de los laicos en la Iglesia parte de su misión, como una especie de “santa rebeldía”.

A lo largo de estos 37 años ha conocido todo el Vicariato de San José del Amazonas trabajando en diferentes puestos de misión, puestos que nunca antes habían sido ocupados por mujeres, y desplazándose anualmente a todos durante 11 años, cuando era la Coordinadora de la Pastoral General del Vicariato. Hoy, es la Responsable de la Pastoral Indígena, puesto que ocupa desde hace ya más de cuatro años. Se siente feliz viviendo en este rincón del planeta y tratar con la gente sencillas y humildes le ayuda a estar más cerca de Dios, “a tocarlo” como ella dice.

Tiene muy marcado su primer destino como misionera en Tamshiyacu a la que considera su “universidad de la inculturación”. También San Pablo, donde atendía a los leprosos y el pueblo de Mazán, a la rivera del Napo, afluente del Amazonas. Allí, junto a otras dos mujeres laicas y en colaboración con animadores y catequistas, crearon una nueva parroquia. Los últimos cuatro años ha vivido en Angoteros, en la frontera con Ecuador y entre los indígenas Kichwas en la Misión Napuruna “Pachaya” (que significa “Padre y Madre del tiempo y espacio”).

Domi Szkatura fotografiada por Ana Palacios en Caballococha (Perú). Foto Ana Palacios/CIDSE&Repam
Domi Szkatura fotografiada por Ana Palacios en Caballococha (Perú). Foto Ana Palacios/CIDSE&Repam

¿Cuál es la situación de las mujeres en la Amazonia peruana?

De acuerdo a la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), de la población total de mujeres en el Perú aproximadamente el 24% son mujeres indígenas. Las mujeres de la Amazonía peruana aún viven sujetas a múltiples tipos de discriminación, más aún las mujeres indígenas, donde, en un entorno culturalmente machista, el hecho de ser mujeres, su procedencia, la lengua indígena, el grado de escolaridad, entre otros, hace que los grados de vulnerabilidad y discriminación sean mayores.

A nivel educativo, según el Censo del 2017, solo un 24% de las comunidades nativas cuentan con educación secundaria, haciendo que se eleve el número de deserciones escolares, donde las mujeres son las primeras en ser afectadas ya que para continuar estudiando deben realizar desplazamientos grandes o ausentarse de casa, yendo a albergues que no son supervisados adecuadamente, sin tutores, sin recursos, sin condiciones de salubridad en muchos casos, exponiendo a las niñas y jóvenes a peligros mayores. Por lo que las familias muchas veces prefieren suspender la educación de sus hijas y tenerlas en la comunidad dedicadas a otros oficios, especialmente al trabajo de la chacra o forman muy temprano la familia. Frecuentemente terminan como madres solteras.

Y en cuanto a la salud, la situación es similar porque además de no tener una cobertura adecuada de establecimientos de salud (solo 4 de cada 10 comunidades lo tienen), tampoco se cuenta con profesionales sensibilizados para atender a pueblos indígenas, no conocen la lengua local, no respetan la medicina ancestral y no conocen la cultura del lugar, esto imposibilita buenos servicios de atención y también prevención.

Obviamente, también en lo referente a derechos sociales y políticos, hay una gran brecha que cubrir. Las mujeres están excluidas de las juntas directivas comunales y hay una escasa participación en espacios de diálogo y en procesos políticos.  Y como en un círculo vicioso, la marginación política, social y económica de las mujeres indígenas, abren la puerta a otra serie de violaciones de Derechos Humanos.  Sobre todo, la violencia, la amenaza mayor para todas las mujeres, pero aún más en el caso de las mujeres indígenas puesto que a menudo ese tipo de violencia puede verse invisibilizada y las mujeres son silenciadas por conceptos culturales o ancestrales mal entendidos.

Domi Szkatula en una de sus reuniones de pastoral con las mujeres
Domi Szkatula en una de sus reuniones de pastoral con las mujeres

¿Y ante esta situación en qué consiste tu trabajo con las mujeres?

Lamentablemente en el Vicariato aún queda todo por hacer en cuanto a la defensa y promoción de la mujer y su liderazgo, pues es evidente el rol protagonista de la mujer en la sociedad y también en la Iglesia. Sin embargo, el trabajo con las mujeres es constante y forma parte de mi labor atender y acompañar a las mujeres de la Misión que es Angoteros y de las 35 Comunidades que visito periódicamente de manera semestral. Me gustaría visitarlas más a menudo, pero la falta de recursos, las grandes distancias y la realidad de que estoy allí sola, hace que sea muy difícil. Allí nos alojamos en “casas” construidas con “ripa” y “pona” (cortezas de los árboles maderables) y con techo de paja.

Cuando llego a estas comunidades y también en Angoteros, escucho a las mujeres y juntas buscamos soluciones a algunos de los problemas que afrontan: hijos encarcelados por violencia familiar o narcotráfico, situaciones de trata sufridas en la comunidad,  falta de alimento para niños que han sido abandonados por sus padres, y sus propia falta de salud (malaria, cáncer, desnutrición profunda…). También les ofrezco una ayuda de parte de nuestras oficinas vicariales de Derechos Humanos, Departamento de Salud y de las estatales como: Defensoría del Pueblo, CEM (Centro Emergencia Mujer), Ministerio de la Mujer. Pero estas no están cerca. Hay que ir a la ciudad de Iquitos, lo que te lleva dos días en yate deslizador que es muy costoso o varios días de navegación en una lancha, pero que es  un transporte más económico.

Además, en estos últimos cuatro años Angoteros, realizo una formación integral de las mujeres con especial atención al rescate de su identidad cultural indígena y promoción de sus derechos. Esta formación que se realiza entre el Vicariato de San José y el vecino Vicariato de Aguarico, dura tres años y es muy completa con cuatro dimensiones: cosmovisión kichwa, su espiritualidad, sacramentos y Biblia.

Por último, desarrollamos talleres vivenciales para las “warmi kuna” (mujeres en kichwa), más creativos y prácticos, y menos teóricos: identidad kichwa, elaboración de artesanías, panes para la Navidad, pintada de bolsones de telas de tocuyo con sus signos pictográficos, costura de “chaucha wawa” que es una muñeca tradicional de trapo que se usa en las ceremonias de “kasarana” (boda), bautismos y Navidad.  Y mientras las manos están ocupadas, conversamos de todo, reímos que es lo que más les gusta y nos transmitimos nuestra energía y valores como la Esperanza.

Una mujer kichwa ocn su bebé. Foto Domi Szkatula
Una mujer kichwa ocn su bebé. Foto Domi Szkatula

Cuéntanos algunos ejemplos de participación femenina en la Amazonía peruana

Conozco a dos mujeres que son “Apu” o sea jefes de las Comunidades Indígenas Kichwas, y aunque esto sucede muy raras veces, pues el cargo suele darse a los varones, ellas fueron elegidas en sus asambleas por todo el pueblo. Ahora presiden la comunidad, convocan, reúnen, representan y deciden.

La señora Betty, por ejemplo, es desde varios años la presidenta de la Federación indígena Kichwa FECONAMNCUA, que abarca muchas comunidades del medio Napo y otras dos cuencas: Curaray y Arabela.Pero  también hay mujeres que presiden organizaciones de programas sociales que se realizan en las Comunidades. Es decir, se les confía a ellas la organización de los grupos y la administración de alimentos y dinero.  Y estas mujeres hablan con valentía de problemas de  la vida diaria. Por ejemplo, en una de las Asambleas, las mujeres plantearon públicamente los problemas de la violencia familiar y de manera frontal a los hombres responsables de esa violencia. Con ellas hemos preparado también el documento preparatorio para el Sínodo de la Amazonía y entre sus aportaciones, por ejemplo, nos dijeron que en las Misas la vestimenta de los sacerdotes les asustaba y que (resultaban) la liturgia les resultaba muy complicada de seguir y entender.

La señora Lésica es una valiente “warmi”, que siendo ya de familia y teniendo 4 hijos decidió terminar su secundaria en la modalidad a la distancia y conseguir estudiar la educación inicial. Hoy trabaja en una de estas Escuelas de Educación Inicial en una Comunidad cercana a Angoteros. Su ejemplo lo siguieron algunas otras mujeres.

Una mujer secoya. Foto Domi Szkatula
Una mujer secoya. Foto Domi Szkatula

La señora Selmira, indígena kichwa, madre y abuela, es una traductora en kichwa – castellano, y contadora de cuentos y mitos, además de historias bíblicas, que aporta con su valioso trabajo a muchas publicaciones. Su fe y perseverancia salvó a su esposo del alcoholismo y hoy le da valor para que siga dando testimonio de cómo volver a vivir dignamente.

Y también doña Yadira, muy comprometida en la Iglesia y yo tenía curiosidad de ver cómo aceptaba esto su kari (hombre en kichwa). Me contestó con toda la fuerza: “él sabe que yo me comprometí y tengo que cumplir mis tareas”. Este tipo de realidades hacen que las mujeres se hagan respetar y también ser más valoradas por sus maridos de los que son más independientes.

¿Cómo podría la Iglesia ayudar a lograr la igualdad de género en esta región?

En general los Encuentros de Formación de los Animadores en la sede del puesto de misión suelen ser dinamizados por varones, pues la mujer no logra librarse de las muchísimas tareas del hogar y el cuidado de los hijos (un promedio de 7 por familia). Por eso decidí en los encuentros que yo organizaba que, dado que en la cultura “kichwa” el varón sin la mujer no es completo y viceversa (tanto que en la propia lengua no existe pronombre él o ella, solo “pai”, que es igual para los dos) comencé a invitar a todos los encuentros a los Animadores con sus parejas. Sólo el hecho de recibir una carta en la que estaban siendo invitadas personalmente las emocionó mucho y se consideraron visibilizadas, tenidas en cuenta y respetadas. Así que, lo importante es invitarlas siempre. Ellas ya verán cómo se organizan y que decidan, pero es obligación de la Iglesia invitarlas y es que, en la tarea pastoral fundamental de la Iglesia, la formación debe ser integral y tienen que participar las mujeres, y ese será muchas veces el único modo en el que alcancen liderazgo tanto en entornos públicos (económico, educativo, salud, participación política y eclesial) como en el más doméstico.

Según los últimos datos, el apoyo a una mayor responsabilidad por parte de la mujer en la iglesia, alcanza el 97 %, pero, además, si la Iglesia quiere dar ejemplo y ser líder promoviendo la igualdad entre las personas, es esencial crear una cultura donde se la practique esa igualdad de género diariamente  y en la vida cotidiana.

Uno de los talleres organizados por el Vicatriato de San José del Amazonas. Foto Domi Szkatula

La Iglesia no puede perder de vista que las mujeres indígenas juegan un rol muy importante en la supervivencia de los pueblos a los que pertenecen. Son ellas que transmiten la lengua, costumbres, mitos a otras generaciones. Y la Iglesia debe reconocer y apoyar a las mujeres en esta tarea, ya que defendiendo la cultura no se disolverá su tradicional armonía, la repartición de tareas entre hombres y mujeres y su complementariedad.

Además, la Iglesia podría dar mejor y más eficaz atención a las mujeres víctimas de violencia física, psicológica y sexual y acompañar los procesos de reparación. Y es que, la mayoría de las mujeres que sufren la violencia en nuestra región son las menores de edad y lo sufren frecuentemente por parte de sus profesores y familiares.

Finalmente, la Iglesia tiene una gran oportunidad en lo que a educación se refiere para promover la igualdad de género, pues entre las mujeres kichwas el 15 % son analfabetas pues siempre tienen menos oportunidades para estudiar y ya no hablemos de la educación superior. Muchas son madres solteras a los 13 años y al estar embarazadas son discriminadas y sintiendo vergüenza no terminan sus estudios ni se reintegran después de dar a luz por falta de apoyo familiar, de la escuela o de las instituciones. Y si la Iglesia no apoya ahí, la brecha del género seguirá aumentando.

Mujeres de la amazonía peruana. foto Domi Szkatula
Mujeres de la amazonía peruana. foto Domi Szkatula

¿Qué te ha parecido el papel de la mujer en el Sínodo de la Amazonía?

Ha sido muy importante que las voces de las mujeres indígenas y amazónicas hayan tenido un espacio especial en el último Sínodo de la Amazonía, pero es importante que todas las mujeres del mundo sean escuchadas y visibilizadas. Pues ya sabemos que las mujeres son esenciales en la vida familiar, comunal, eclesial, las mujeres tienen un papel clave en el desarrollo de sus comunidades, en la defensa de la vida, de la fe, del territorio, en la salud y en la educación de los hijos, etc.

Espero que en próximos Sínodos se siga invitando a mujeres y cada vez más, no sólo las cerca de 40 que hubo esta vez. Pues sin mirar a la mujer, sin tener en cuenta a las mujeres la Iglesia estará “coja”, será más rígida, le faltará sabor, alegría… Es necesario que la Iglesia se ponga de lado de las mujeres en defensa concreta de sus derechos y apoyándola y caminando con ella como Jesús caminaba con las mujeres y  aceptaba su compañía y colaboración dándoles un enorme protagonismo en esa sociedad patriarcal de aquél momento que las rechazaba casi por completo.

Los nuevos ministerios para la mujer que ha planteado el Sínodo en un primer momento me asustaron un poco pues pensé que supondrían aún más trabajo para las mujeres en el sentido de los trabajos que ya realiza pero si esos nuevos ministerios suponen cargos de responsabilidad, poder de decisión y tener los mismos derechos respecto a los hombres en la Iglesia, bienvenidos sean. Aquí en la Amazonía muchas mujeres ya realizan en práctica tareas de “párrocas” (entrecomillado porque por supuesto este ministerio no existe en la actualidad) y en algunos casos como ha quedado muy explicado durante el Sínodo, a falta de tantas vocaciones sacerdotales, son las mujeres quienes bautizan, escuchan confesiones, atienden matrimonios, reparten la comunión, asisten en los  entierros…etc).

Domi en un bautismo en la Amazonía
Domi en un bautismo en la Amazonía

También la cuestión “famosa” de la ordenación de “viri probati” ha dejado abiertas algunas preguntas como si ese empeño en la ordenación no supone otra forma de clericalismo, el mismo papa lo ha dicho con toda la fuerza y de falta de confianza en el papel de los laicos. Y por otro, si al ordenar a esos hombres ya casados, no se está de alguna manera ordenando también a su esposa pues en la tradición católica se entiende el Matrimonio como que ya no son dos personas, sino sólo una carne y también los indígenas conciben así la vida en pareja.

Este Sínodo ha supuesto poner sobre la mesa muchas situaciones que deben ser escuchadas y tenidas en cuenta. Pero después del sínodo seguimos buscando soluciones para que Dios siga habitando esta Amazonía reflorecida y su población pueda seguir comunicándose con Él en su cultura y a su estilo.

Domi Szakaturla y Marta Isabel González comentando esta entrevista en Roma, durante los días del Sínodo de la Amazonía
Domi Szakaturla y Marta Isabel González comentando esta entrevista en Roma, durante los días del Sínodo de la Amazonía
Domi Szkatural y Marta isabel González ante la foto de Santiago Yahuarcani en la exposición "Frágil Amazonía" de Ana Palacios, CIDSE&Repam en la Casa Internazionalle delle Donne en Roma
Domi Szkatural y Marta isabel González ante la foto de Santiago Yahuarcani en la exposición “Frágil Amazonía” de Ana Palacios, CIDSE&Repam en la Casa Internazionalle delle Donne en Roma

El río que nos une

Todo está conectado. Uno de cada cinco vasos de agua que bebes, se lo debes a ella. Una de cada tres lluvias que moja nuestra cabeza, los campos y renueva la atmósfera y la vida, se la debemos a ella. Ella es la Amazonía.

Las dimensiones descolocan. El río Amazonas es una enorme extensión de agua que a veces recuerda al mar. Para llegar a la Triple Frontera Colombia-Perú-Brasil lo mejor es ir a Bogotá y de ahí en vuelo nacional a Leticia. “Aquí sólo se puede llegar por avión o por barco” nos explica un taxista nada más aterrizar “pero claro, por barco y dependiendo desde donde se venga la distancia es de días, por ejemplo, desde Iquitos (Perú) se tardan más de 36 horas y tienes que hacer una noche en el barco”. Las distancias son enormes. El aislamiento de muchas comunidades, inevitable.  “Aquellas comunidades que están cercanas al río o a alguno de sus afluentes tienen más posibilidades de estar comunicadas. El río aquí une, no separa.” Esa es una de las primeras cosas que hay que entender y la primera de muchas concepciones que traemos de Europa, de otros países y zonas más desarrolladas y que aquí no nos sirven de nada. Teresa Urueña es miembro del Servicio Jesuita a la Panamazonía (SJPAN) nos explica esto y el porqué de tantas construcciones de palafitos. “El agua  del Amazonas no está siempre al mismo nivel, alcanza su nivel más alto en marzo y el más bajo en septiembre, aunque el cambio climático ha afectado ya un poco a estos ritmos”. Las extensiones de la Amazonía son también descomunales: 7,5 millones de kilómetros cuadrados (catorce veces la superficie de España) que implican el 43% de la superficie de Sudamérica y que se reparten irregularmente entre 9 países: en orden alfabético, Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana y Guyana Francesa, Perú, Surinam y Venezuela. Irregularmente porque, por ejemplo, Ecuador sólo posee el 1,5% del total de la Amazonía, pero que supone el 43% de su superficie.

Barquero en el muelle de Caballococha (Perú). Foto Marta Isabel González Álvarez/ CIDSE & REPAM
Barquero en el muelle de Caballococha (Perú). Foto Marta Isabel González Álvarez/ CIDSE & REPAM

Su población también sorprende. Más de 3 millones de personas son indígenas pertenecientes a alguno de los 390 pueblos que se conocen (unos 137 pueblos no contactados). Hablan 240 lenguas pertenecientes a 49 familias lingüísticas y por supuesto sus cosmovisiones y tradiciones son muy diversas e imposibles de generalizar. Y cuando les escuchas te das cuenta de su sabiduría y de cómo, sin experimentos, han llegado a las mismas conclusiones que nuestros más reputados científicos “El agua del río está diferente. Sus ritmos han cambiado. También el sol está diferente, antes podías trabajar horas sin camisa en la chagra y no te pasaba nada: ahora te quemas” asegura Juan Enocaisa de El Estrecho, Reserva de Guepí, en el departamento del Alto Putumayo (Perú). Otra rotura de clichés.  Otra muestra de que aquí el mundo funciona del revés y que los sabios son los más humildes. Al ver la naturaleza cuidada durante milenios gracias a estos pueblos originarias te das cuenta de cómo Dios, una vez más ha entregado lo más valioso a los más sencillos. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25-27).

Foto Ana Palacios/CIDSE y Repam
Un niño en brazos de su madre miran al río Amazonas desde Islandia (Perú). Foto Ana Palacios/CIDSE y REPAM

“De hecho, para poder conservar la naturaleza y este bioma, el más importante del planeta, en realidad muchos de estos pueblos no necesitan nada más de nosotros que, simplemente, les dejemos en paz” afirma en Atalaia do Norte (Brasil) la chilena Cristina Larraín, voluntaria y activista del CIMI (Consejo Indigenista Misionario), un organismo creado en 1972 y vinculado a la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil. Ella defiende a los pueblos del Valle del Javari, unos 6.000 habitantes desperdigados en 54 aldeas indígenas y 12 comunidades ribeirinhas a lo largo de un territorio con una extensión similar a Portugal.

Pero no les hemos dejado en paz. Y ahora la defensa de su territorio es esencial. En muchísimas ocasiones los indígenas están siendo vulnerados en sus derechos más elementales y sus tierras arrebatadas u ocupadas, en busca de minerales o madera. Y en los peores casos están siendo asesinados o agredidos en reyertas con empresas extractivas sin escrúpulos. Peligra su estilo de vida, ese “buen vivir” propio y que se basa en una “economía de subsistencia”, o dicho más modernamente “sostenible” o incluso “minimalista”, ya que no producen ni cazan ni pescan más que lo que van a consumir. Pero tanto la caza como la pesca está siendo alterada y la contaminación lo está arrasando poco a poco todo. “La selva está enferma.  El río se muere” nos repiten en las tres orillas de esta Triple Frontera.

Santiago Yahuarcani y Juan Enoicaisa sostienen el lienzo "La selva está moribunda". En Caballococha (Perú). Foto Ana Palacios/CIDSE & REPAM
Santiago Yahuarcani y Juan Enoicaisa sostienen el lienzo “La selva está moribunda”. En Caballococha (Perú). Foto Ana Palacios/CIDSE & REPAM

Para Juan Enocaisa, indígena Murui (bautizados como Huitotos en las épocas del Genocidio del Caucho, a finales del s. XIX, porque se pintaban con el fruto del Huito) está claro que “lo que ocurre es fruto de un desequilibrio en el conocimiento de culturas. Nosotros conocemos las suyas, pero ustedes no conocen las nuestras”. Y  no le falta razón, pues su cultura no es escrita, todo lo han ido comunicando oralmente de generación en generación, lo que es, sin duda, una de las más determinantes diferencias entre nuestras civilizaciones.

Un Sínodo histórico

“¿Y qué tengo yo que ver con la Amazonía?” Cuando el papa Francisco convocó en 2017 el Sínodo sobre la Panamazonía que tendrá lugar próximamente en Roma, algunos se hicieron esa pregunta. Lo sorprendente es que aún ahora alguien se plantee lo mismo o no comprenda la audacia de Francisco y su visión profética en este momento clave que vive no sólo la Iglesia, sino nuestro planeta y nuestra civilización. Si no giramos la mirada hacia esta región y logramos protegerla a nivel global con el mismo celo, o aún mayor, que protegemos en nuestros países las Reservas o Parques Naturales, la supervivencia de la humanidad está en peligro.

Una mujer retira agua de su barquita a la llegada a la Comunidad Nazareth (Leticia, Colombia) Foto Marta Isabel González Álvarez/CIDSE & REPAM
Una mujer retira agua de su barquita a la llegada a la Comunidad Nazareth (Leticia, Colombia) Foto Marta Isabel González Álvarez/CIDSE & REPAM

Este es un sínodo histórico. Tal y como explicó el cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los obispos durante el encuentro “Ecología Integral: una respuesta Sinodal para el cuidado de nuestra casa común” organizado por la REPAM y celebrado en marzo en la universidad de Georgetown (Washington DC), “se trata del primer sínodo de carácter ordinario centrado en un territorio. Ha habido otros sínodos sobre territorios, pero fueron sínodos extraordinarios”.

Pero también es histórico porque, aunque algunos querían que se celebrara en el continente americano, de algún modo, al celebrarse en Roma, en el Vaticano, Francisco pone en el “centro” de la Iglesia Católica, geográfica y simbólicamente este territorio situado al otro lado del océano. “Este sínodo pone en el centro a la “periferia”. Es una llamada de atención a los mil trescientos millones de católicos de la Tierra, y  también a los no católicos, sobre la importancia de esta región para la supervivencia del planeta y las dificultades que viven aquí las personas” asegura el padre Alfredo Ferro, miembro del SJPAN Y también, cómo no, una especial atención a las dificultades y retos de la Iglesia allí, que son muchos y muy variados. “Imaginad, la extensión de la Diócesis amazónica de Alto Solimoes (Brasil) es casi tan grande como Grecia, con 131.614,48 Km2 y una población de más de tres millones y medio de personas ¿cuántos sacerdotes creéis que la atienden? Dieciocho. Y para atender a las comunidades con cierta periodicidad es imprescindible desplazarse y para desplazarse rápidamente hay que usar lanchas que son muy costosas” asegura el orensano Don Adolfo Zon Pereira, obispo de esta diócesis desde 2015.

Dos jóvenes asisten a la eucaristía dominical en Nazateth (Leticia, Colombia). Foto Marta Isabel González Álvarez/CIDSE & REPAM
Dos jóvenes asisten a la eucaristía dominical en Nazateth (Leticia, Colombia). Foto Marta Isabel González Álvarez/CIDSE & REPAM

Esas dificultades se unen a otras como la interculturalidad e inculturación, la dificultad para poder celebrar los sacramentos, la falta de sacerdotes, misioneros, religiosos, hombres y mujeres, que ayuden a que la Iglesia siga siendo una ayuda real en la zona que promociona los derechos humanos de los pueblos indígenas y que los acompaña en su desarrollo. “Nosotros no contamos con más ayuda que la de la Iglesia católica y de algunas ONG.  ¿Y si no existieran los pueblos indígenas qué sería de la selva?” asegura Elver Isidio, Huitoto de la etnia Bora que es también el presidente del Consejo de Autoridades Administrativas de la comunidad de Cusi Munilla Amena, en Leticia. “Sentimos que la Iglesia católica nos apoya en nuestros derechos y la defensa del territorio. Antiguamente el poder de la Iglesia era un poder de oposición. Pero ahora se ha producido una reconciliación respecto al pasado”.

La iglesia soñada por la Amazonía

Mauricio López es el Secretario General de la REPAM (Red Eclesial Panamazónica), realidad que nació en 2014, como una iniciativa pastoral para articular las acciones eclesiales en el territorio en defensa de la vida y la Madre Tierra, nos facilita información detallada recogida en 265 informes fruto del proceso de escuchas sinodales previas a la redacción del Instrumetum Laboris que usarán las 250 personas que asistan este mes de octubre al Sínodo de la Panamazonía titulado “Nuevos caminos para la Iglesia y para la ecología integral”, entre ellos 150 obispos que irán desde la Amazonía (101 obispos diocesanos y otros eméritos). “Esta información es fruto otras tantas asambleas, foros temáticos y nacionales y ruedas de conversación celebrados en 7 países de la Panamazonía y en los que participaron más de 87.000 personas pertenecientes a 172 pueblos o nacionalidades indígenas” nos explica López.

Al leer la información nos queda claro que se ha recogido una petición muy concreta por parte de la población: que la Iglesia deje de ser una iglesia acomodada, ensimismada, encerrada en el templo; clericalizada; alienada; autoritaria; vinculada con poder político y económico; burocrática, complicada y llena de normas. Pero también, que esa misma Iglesia reconoce sus sombras y asume que en ocasiones ha perdido su contenido social, apoyando pautas e intereses que van contra las poblaciones tradicionales y comunidades, que a veces ha mantenido una práctica colonizadora de los saberes y de las religiosidades populares. “En estos procesos de escucha se deja claro que se quiere construir una Iglesia más participativa e integrada en la realidad, en la vida y luchas de los pueblos, una Iglesia más acogedora, una “Iglesia en salida”, descentralizada sin privilegios y centrada en Cristo sin clericalismos, pero más mística, donde sacerdotes y religiosas fortalezcan su fe para asumir su servicio. Una Iglesia que defienda la vida de manera integral y que sea un signo de unidad en la diversidad.”

Jóvenes en la Casa de salud del indio, Atalaia do Norte (Brasil): Foto Ana Palacios/CIDSE y Repam
Jóvenes en la Casa de salud del indio, Atalaia do Norte (Brasil): Foto Ana Palacios/CIDSE y Repam

Los informes de la fase de consulta sinodal también recogen cuestiones claves, como el apoyo a la juventud o la defensa de la dignidad de las mujeres, su  voz y reconocimiento; una Iglesia pobre y con opción preferencial por los pobres, liberadora e inculturada presente en las luchas de los pueblos y de la naturaleza, comprometida con la Amazonía y todos los seres que la habitan; una Iglesia que promueva el “buen vivir” y responda a las injusticias que viven los pueblos; que se posicione contraria a los grandes intereses económicos de minería, hidroeléctricas o privatización de  aguas y en la defensa de los territorios indígenas, movilizando alianzas en el combate contra el narcotráfico y toda delincuencia. Una Iglesia con nuevas metodologías para acompañar, conocer y proteger a los pueblos que habitan esta región del planeta y que lucha por la promoción y defensa de la Naturaleza y de los Derechos humanos de los pueblos de la Panamazonía.

“El río nos une para bien y para mal”

En la Triple Frontera, todo se mueve a través del río y casi sin control, lo que lo convierte  en un enclave ideal para el narcotráfico y la trata: las comunidades indígenas y  la población más empobrecida es la más vulnerable. Por eso hace tres años nació la RETP (Red de Enfrentamiento a la Trata de Personas en la Triple Frontera) para sensibilizar y prevenir a la población. Nathalia Forero, es su coordinadora y trabaja en red con personas como la hermana Ivanés Favretto en Islandia (Perú), el Padre Valerio Sartor en Leticia (Colombia) o la misionera laica madrileña Marta Barral en Atalaia do Norte (Brasil).

NIñas indígenas en una barca en el Amazonas. Atalaia do Norte, Brasil. Foto & Ana Palacios/CIDSE REPAM
NIñas indígenas en una barca en el Amazonas. Atalaia do Norte, Brasil. Foto & Ana Palacios/CIDSE REPAM

Y es que, aunque la RETP es independiente de la Iglesia católica, el vínculo es enorme y en mayo presentó el “Manifiesto contra la trata” firmado por los obispos de las tres diócesis amazónicas: Mons. José Travieso, obispo del Vicariato de San José de Amazonas (Perú), Mons. José de Jesús Quintero, Obispo del Vicariato de Leticia (Colombia) y Don Adolfo Zon, obispo de Alto Solimoes (Brasil).

*Este reportaje sobre la Triple Frontera de la Amazonía ha sido posible gracias a CIDSE y REPAM

Puedes leer aquí este reportaje, publicado en el mes de octubre de 2019 en la Revista 21 (con fotos de la autora y de la fotoperiodista Ana Palacios).

Y también puedes leerlo aquí en VATICAN NEWS (edición en español) publicado el 3 de octubre de 2019