Entrevistas #conmigasocial. María Eugenia Díaz, periodista y locutora radiofónica. El año en que “El Espejo del Tercer Mundo” de COPE nos dijo adiós.

Cuando le pedí a la periodista y locutora Maria Eugenia Díaz (“Uge” para quienes tenemos más cercanía con ella), que la quiero entrevistar y que quiero titular a esta entrevista “El espejo de la solidaridad” se despide, ella me aclara que  “bueno, pero la solidaridad no se acaba porque – señala con sencillez y sinceridad – el programa “El Espejo” de COPE, el que se emite de lunes a jueves y dirige José Luis Restán, continúa y también ahí tratan a menudo cuestiones sociales, del Tercer Sector en general y de ONG de desarrollo católicas, en particular”.

Pero, aunque a Maria Eugenia le cueste aceptar este tipo de reconocimientos, lo cierto es que “El Espejo” que ha terminado su andadura este año, el de los viernes, el que coordinaban ella y el sacerdote Pepe Blanco y que era conocido como “El espejo de la solidaridad” o más concretamente “El espejo del Tercer Mundo” era para profesionales que como yo, hemos dedicado nuestra vocación periodística a la solidaridad y a los proyectos de desarrollo, a eso que en la Iglesia católica se encuadra dentro de la acción y de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), este programa era un histórico, un clásico al que cuesta decir adiós.

Maria Eugenia, me aclara también “tanto Pepe como yo, hemos estado en el programa desde sus comienzos en septiembre de 1986… Pepe dedicado más a la educación y yo al Tercer Mundo. Y bueno, estos últimos años, con el cambio de formato, Pepe ha seguido tratando temas de educación y yo temas de cooperación y marginación en España, noticias de Fundaciones y de ONG”. Es decir, casi 35 años de periodismo social y solidario en antena. ¡Ahí es nada!

María Eugenia Díaz, periodista y locutora COPE
María Eugenia ha sido durante once años (oct. 2001- nov. 2012) la Jefa de Prensa de Manos Unidas, organización de la que ha formado parte, también como voluntaria, desde 1995 y hasta 2020.

¿Cuenta a quien no lo sabe, qué era EL ESPEJO del TERCER MUNDO, cómo surgió la idea y cómo ha ido evolucionando?

Pues en principio era un espacio radiofónico entre reportaje y coloquio. Se planteaba un tema haciendo una introducción del mismo y se debatía. Cuando empezó el programa “El Espejo” en septiembre de 1986, cinco periodistas nos ocupábamos de la presentación de cada uno de ellos, uno cada día de la semana. Yo hacía “El Espejo del tercer Mundo, o sea, cooperación.

Los últimos años se planteó más como un magazine sobre la vida y actividades de la Iglesia en el sentido más amplio. Y en estas últimas temporadas se hacía desconexión y cada Diócesis ofrecía todos los viernes su propio “Espejo”, dando noticias de su actualidad cotidiana.

¿Cuál fue tu primer y tu último programa y qué ha supuesto para ti personalmente?

El primer programa lo hice el 4 de setiembre de 1986, trataba de explicar qué era y donde estaba ese llamado Tercer Mundo. Los invitados fueron, Manuel de Unciti, director de las Obras Misionales Pontificias (OMP); Carmen de Miguel, presidenta de Manos Unidas y Gerardo González, redactor jefe de la revista Mundo Negro. Y mi último programa ha sido el pasado 6 de marzo de 2020, con un programa dedicado al Día de la Mujer.  

Encontrarme en El Espejo fue para mí un auténtico regalo porque me permitió adentrarme en un mundo desconocido por mi: el tercer mundo y la cooperación. Me dio la oportunidad de conocer a los misioneros, un auténtico descubrimiento. Es más, en 1988, Manos Unidas me invitó a viajar a India, a Maharasthra y Gujerat, a conocer sus proyectos allí y a los jesuitas españoles que los llevaban. Ese viaje cambió mi vida en muchos sentidos.

¿Y a quién se le ocurrió que hubiera este espacio especial en COPE y cuál era el objetivo?

José Luis Gago, ideó un programa que se emitiría diariamente en formato reportaje, entrevista, tertulia incluso, para tratar cuestiones sociales entendidas de una forma amplia no solo lo que se entiende por marginación. Textualmente, en el proyecto inicial, decía “la marginación nos proporciona un campo informativo muy poco explorado y necesitado de un tratamiento riguroso y serio que la radio puede aprovechar eficazmente”. De esto hace la friolera de 34 años. No se trataba de un informativo al uso de entonces, pero tampoco estaba alejado de la actualidad. Por ello se ocupaba de Derechos Humanos, cárceles, alcoholismo, drogadicción, educación, ecología, inmigración, empleo y desempleo, claro, economía social, gitanos y otros colectivos similares, mujer, infancia…. Hasta 30 temas proponía José Luis Gago.

Con tantos años de programas sé que será difícil elegir, pero ¿qué entrevistas y programas recuerdas con mayor cariño o de manera más especial?

Entrevistas… ¡qué difícil, me quedaría con docenas! Por citarte alguna: Puspha Vericat, Misionera de Cristo Jesús en Munbay; Pedro Opeka, padre paul, en Madagascar; Jon Sobrino, jesuita en El Salvador, por citarte tres de continentes distintos y a los que entrevisté hace años…

Y momentos, creo que, aunque es también muy difícil pues en 34 años hay mucha historia…podría citar dos especiales: el asesinato de los jesuitas mártires en El Salvador, fue muy impactante y bueno, tuvimos que levantar (rehacer) el programa en pocas horas; y el encuentro del que era entonces embajador de Sudáfrica en España con el representante del Congreso Nacional Africano en nuestro país. Fue la primera vez que se vieron cara a cara, y eso sucedió allí, en los estudios de la Cope.

Una entrevista de María Eugenia Díaz a la misionera Victoria Braquehais durante la Campaña de Manos Unidas.

¿Es España solidaria?

Rotundamente sí. Y sobre todo en las emergencias, cuando te tocan directamente al corazón.  Ahora mismo, con la situación de pandemia de la Covid-19 que vivimos, también se demuestra constantemente, aunque creo que el concepto solidaridad ha cambiado mucho y ahora se entiende en un sentido más amplio. Hubo una temporada en la que el programa estaba abierto a las llamadas para preguntar y todo el mundo se preguntaba qué eran las ONG. Y a continuación, si se podía uno fiar de ellas…

Y aunque no todos los proyectos solidarios se lleven a cabo a través de organizaciones de la Iglesia, creo que la gente, incluso quienes se consideran “ateos” o “agnósticos”, es consciente de la labor humanitaria, solidaria y de desarrollo que realiza la Iglesia. Y es que, hay momentos en los que es la Iglesia la única que queda y que está al pie del cañón. Los misioneros y misioneras, por ejemplo, casi todo el mundo los ve como alguien cercano y que siempre tiene la puerta abierta. En los países en conflicto son los últimos que se van, si es que se van, que normalmente no. Igual se puede decir de párrocos, religiosas y laicos que viven entregados al cuidado de los desfavorecidos. Otra cosa es que cuando se produce un problema o un escándalo en la Iglesia, todos acaben en “el mismo saco”.

¿Cómo crees que debería comunicar la Iglesia católica y sus organizaciones la labor que realiza? ¿Qué se hace bien y qué se podría mejorar?

Por encima de todo, la Iglesia se debería comunicar con rapidez… La maquinaria de la iglesia no puede ser tan lenta ni tan pesada que le impida reaccionar de una manera inmediata. Reacción, declaración… Luego se puede uno tomar un tiempo, poco, para explicar con amplitud y profundidad. Pero al principio hay que reaccionar. Y luego, también debería tener portavoces preparados que hablen claro y sin circunloquios, en un lenguaje actual. Hay que dar a conocer la labor que están haciendo los misionero y misioneras en el mundo y que es casi desconocida. Es una pena que no se conozca más.

Es decir, lo que se hace bien es el trabajo de cada día, la entrega total y desinteresada… Y lo que se hace mal:  no contarlo a tiempo ni con calidad. Dar “la callada por respuesta”, ya no se sostiene. El mundo digital es tan veloz, tan rápido, que cualquier cosa se sabe instantáneamente en todo el mundo. Por eso hay que reaccionar de la misma manera y con las mismas armas, con verdaderos expertos que entiendan la comunicación global.

 Maria Eugenia Díaz, nació en Valladolid y allí empezó su vida profesional, en enero de 1967: más de 53 años dedicada al periodismo radiofónico.

¿Crees que las noticias relacionadas con la solidaridad, el desarrollo y la ayuda humanitaria son ya temas transversales y están presentes en los medios de comunicación?

No creo que se haya logrado que estos temas solidarios y de desarrollo sean transversales, aunque depende de las emisoras. Creo que quizás esta pandemia de la Covid19, pueda echarnos una mano en este sentido porque de repente, ahora todos nos hemos dado cuenta de que estamos a la intemperie, de que somos vulnerables….

En todo caso, se quiera o no, estos temas sociales y solidarios ya tienen peso en los grandes magacines.  Depende mucho de quien lleve el peso del programa y de la entrevista, de su sensibilidad para estos temas y por supuesto de los productores del programa. Y depende también del medio. La radio, por ejemplo, cambia en la medida que debe adaptarse a la audiencia, el oyente se acostumbra a una determinada persona a su estilo, forma y fondo, a cómo trata los temas. Por tanto, el oyente sabe que a tal hora está fulanito y quiere oírle.

Yo no desecho ningún medio. Sigo amando el papel y sigo viendo la televisión. Pero es verdad, hay que admitirlo, soy una forofa de la radio. Y valoro también la extensión, fuerza y facilidad de comunicación de Interne Es algo incuestionable. Quien tiene un móvil, tiene acceso a una noticia… Hace falta rapidez, habilidad y conocer el lenguaje de cada medio, eso sí.

María Eugenía Díaz, Pepe Blanco y Marta Isabel González, entrevista en el contexto del Campamento Sostenible de Jóvenes de Manos Unidas, la campaña de CIDSE “Cambiemos por el Planeta, Cuidemos a las Personas” y Laudato si’ (Verano 2018)

Por último, ¿qué le recomendarías a los estudiantes de periodismo, a quien lee esta entrevista y se plantea dedicar su profesión a la comunicación para la solidaridad, ya sea en un medio o detrás, en las ONG o en instituciones de la Iglesia?

Yo le diría que recibirá muchas satisfacciones, pero no podrá viajar muy lejos con su sueldo, ni siquiera tener un apartamento en la playa, salvo que lo herede. En serio, he tenido la inmensa suerte de dedicarme a una profesión que me llena de satisfacción. Han sido 53 años de ejercicio radiofónico, una vida llena de emociones, alegrías y servicio al oyente.

Si alguien que nos lea se plantea ser periodista, que piense bien antes en que medio o en qué quiere especializarse. Creo que cada día tendemos más a la especialización, es decir, saber poquito de todo y mucho de algo en particular.

María Eugenia Díaz y Marta Isabel González en un “selfie” al finalizar uno de los programas, (febrero 2018)

Indiferencia y problemas del primer mundo

Cuando pienso en lo que hemos vivido sigo pensando lo mismo que al principio, un principio que para España fue el 14 de marzo de 2020, sábado en el que comenzó el Estado de Alarma y se impuso el confinamiento. Y lo que pensaba y sigo pensando hoy es que lo que vivimos, pese a su dureza y el duelo por tantas personas fallecidas, fue para la mayoría “problemas del primer mundo”. Porque, me explico: un confinamiento con agua potable corriente, caliente y fría; un confinamiento con posibilidad de comprar comida, suministrada en abundancia en tiendas, supermercados o a domicilio, como si nada estuviera pasando y pudiéramos pedir una pizza mientras cenábamos en familia; un confinamiento con, en la mayoría de los casos, posibilidades de trabajar online y de recibir un sueldo o una ayuda a través de un ERTE; un confinamiento con una sanidad pública como la española, con la seguridad de que, en caso de enfermar tendríamos asegurado el desvelo de tantos y tantos profesionales sanitarios que, si bien no podrían quizá salvarnos, se desvivirían por cuidarnos y paliar nuestro dolor; un confinamiento con electricidad, gas, calefacción y, en tantos casos, con fibra óptica para internet y cobertura móvil; en definitiva, confinamientos así no dejan de ser “problemas del primer mundo”.

Otra cosa bien diferente ha sido el proceso del ineludible “confinamiento interior” al que a pandemia nos ha obligado. Quizá eso sea lo que más nos ha “igualado” a todas las personas, con más o menos recursos económicos. Y es que, psicológicamente cuesta aceptar lo que no deja de ser un encierro domiciliario obligatorio, pero sin haber cometido ningún delito. ¿O quizá si hemos cometido algún delito? Creo que uno que no veo en el Código Penal. El mayor delito del ser humano, el recurrente delito de la indiferencia.

Distanciamiento social-Foto Geralt/Pixabay
Distanciamiento social. Foto Geralt/Pixabay

Yo lo reconozco. Leía sobre el brote en China y me daba igual. Luego vi que el brote llegaba a Italia y también me dio igual. ¡A mí me daba igual! ¡A mí, que me enorgullezco de preocuparme de los demás, y de sentir la información internacional como la más importante siempre! ¡A mí, periodista y comunicadora de proyectos solidarios! ¡Me dio igual! Fui indiferente. Egoísta. Insensible.  Y, es que, hasta que no llegó a nuestro país, ciudad, barrio, vecindario; hasta que no vimos sufrir amigos y familiares, y empezamos a recibir noticias de quienes lloraban la muerte de familiares; hasta ese momento no nos importó.

Lo que sí me preocupó y me sigue preocupando es la mentira que se extiende, la desinformación que nos inunda, las noticias falsas en medios fiables, sobre todo durante la pandemia. Me preocupa lo que no nos cuentan, ni sabemos que ocurre. La vulneración de la libertad de prensa o la libertad de expresión, el derecho a la educación, el derecho a la intimidad y la protección de datos y otros derechos que tanto esfuerzo nos costó conseguir conquistar.  Y me preocupa también la incapacidad de hacer silencio, todos a la vez, para poder de una vez por todas reaccionar y cambiar, creando e impulsando con determinación un nuevo modo de vivir más humano y sensible con los demás y con la naturaleza. Que podamos abandonar la “atalaya” real o mental en la que nos creemos imperturbables, todopoderosos, y que podemos controlarlo todo.

Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay
Cada uno en su atalaya. Foto Dlee/Pixabay

Ahora necesitamos, a todos los niveles, liderazgos humildes, siguiendo el estilo de esa Úrsula von der Leyen que fue capaz de pedir perdón porque la UE había sido indiferente a Italia cuando ésta pidió ayuda. Y también necesitamos que cuando alguien nos diga que se encuentra mal o le veamos toser, nos preocupemos más por esa persona y por aliviar su malestar o sanar su enfermedad y no sólo nos preocupemos de no contagiarnos nosotros. Ahora afrontamos el reto (para muchos utópicos) de que seamos capaces de vencer el temor, impuesto o autoimpuesto, y lograr crear, en diálogo respetuoso y pacífico, en vez de esa manoseada “nueva normalidad”, una “nueva humanidad” basada en la humildad, la libertad, la solidaridad y el amor, vacunas urgentes para nuestro orgullo, miedo, indiferencia y egoísmo.  No dejemos que la pandemia mate nuestra más sublime esencia humana.